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Apostemos a caballo ganador: la neuroeducación, una necesidad para todo educador

La neurociencia llegó para transformar la educación como ningún otro campo del conocimiento lo pudo hacer. Con el desarrollo de las técnicas de neuroimagen, en las que se puede ver el cerebro en vivo, revolucionó la práctica diaria de muchos educadores. Y con justa razón: si somos capaces de identificar cómo funciona este órgano y qué es lo que hace en una sesión de aprendizaje, también podemos diseñar estrategias eficaces en las aulas de clases y en las salas virtuales. Y más importante aún: podemos evitar utilizar métodos y sistemas que realmente no funcionan y que, además, nos hacen perder el tiempo. ¿Cuántas veces hemos visto estudiantes que no mejoran a pesar de aplicar paso a paso las técnicas de alguna fórmula educativa de moda? Pues esto no se volverá a repetir: la neurociencia, con todos sus descubrimientos, es como una linterna en un largo túnel. Nosotros la empuñamos y la usamos para iluminar nuestra gloriosa senda en este hermoso viaje que llamamos educación. Pero la decisión de salir de la cueva está en nosotros: somos los únicos que podemos elegir a la neuroeducación como nuestra aliada; en nosotros está cambiar el rostro de la educación. Antes era una opción; ahora es una necesidad.

¿Por qué es realmente indispensable que los educadores aprendamos sobre neurociencia?

Antes de la era de la neuroeducación, la psicología era la mano derecha de la pedagogía. A través de la observación del comportamiento de los estudiantes, explicaba cómo funcionan la atención, la memoria, el pensamiento; en suma, el aprendizaje (1). Y esto daba a pie a numerosos modelos que proponían cómo mejorar los procesos cognitivos en clase. Por décadas, este fue el patrón a seguir: grupos grandes de educadores capacitándose en los principios básicos de la psicología. Incluso, en la malla curricular de la carrera universitaria de pedagogía, los cursos de esta ciencia aplicada eran los preferidos. Hasta aquí, podemos pensar que es claramente beneficioso, puesto que explica cómo aprende un alumno. Ciertamente, en algunos aspectos, lo es; pero, en otros, no tanto. Es claramente una moneda de dos caras: por un lado, a partir de sus deducciones, ha logrado explicar muchos aspectos importantes del aprendizaje; empero, estas mismas deducciones han producido errores (1).

Esto no es así con la neuroeducación, puesto que esta ciencia no se basa en suposiciones: observa directamente al órgano responsable del aprendizaje: el cerebro. En este sentido, en lugar de mirar la conducta de los estudiantes, se detiene a estudiar con total detalle lo que pasa en el cerebro mientras los niños, adolescentes y adultos aprenden (2) (3). ¡Es que es posible mirar qué estructuras cerebrales se activan y trabajan juntas (2); cómo influyen las emociones en la memoria (4) y la atención (5); qué papel tiene el ejercicio físico (6), el sueño (7) y la alimentación (8); cómo mejora el aprendizaje cuando el profesor establece un vínculo con el alumno (9); y de qué manera las clases virtuales afectan distintos procesos cognitivos y emocionales! (10) En otras palabras, la neuroeducación, a partir de evidencias, responde con absoluta claridad a la pregunta que nos hemos hechos los educadores por décadas y, quizás, siglos: ¿cómo mejorar nuestra enseñanza para que el aprendizaje de nuestros estudiantes sea exitoso?

 

 

Estudiar neuroeducación nos empodera

Si conocemos cómo funciona el cerebro, comprendemos exactamente de qué manera aprendemos. Este conocimiento es el que nos faculta como especialistas en el diseño de clases efectivas, bien sean presenciales o virtuales. ¿Por qué? Porque podemos crear las estrategias más creativas y, a la vez, eficaces, en tanto sabemos qué hilos mover y qué botones presionar para generar el efecto deseado. Es como si quisiéramos crear una medicina para combatir un virus. Lo primero que debemos hacer es estudiar el cuerpo humano. Sin este aprendizaje, probablemente solo elaboremos sustancias que no contrarrestan los perjuicios de la enfermedad. Lo mismo sucede con la educación: para mejorar el aprendizaje y la enseñanza, es necesario descubrir cómo opera el órgano que aprende. Dicho de otra manera, estudiar neuroeducación nos empodera.

Son muchas las investigaciones que se pueden citar para demostrar que la neuroeducación es el campo más efectivo en la mejora de la práctica pedagógica. Por ejemplo, se han realizado investigaciones prácticas sobre el efecto de algunas variables en el aprendizaje: cómo impactan el sueño (11) y el ejercicio cardiovascular en el logro académico de los adolescentes (12), qué resultados produce el entrenamiento en control inhibitorio en el aprendizaje de matemática y ciencia en las niñas y niños (13), cuáles son las consecuencias de las recompensas inesperadas en el estudio de ciencias (14) y de qué manera se relacionan el uso juegos de computadora y el desarrollo de la lectura (15). Así como estas investigaciones, existen miles que han sido llevadas a cabo y miles que siguen averiguando cómo aprender mejor.

Como cuenta un profesor de tercero a octavo grado, “Realmente ha cambiado a algunos de los profesores con los que he trabajado. Realmente ha cambiado su práctica, ellos piensan con cuidado y diseñan y planifican el tiempo con sus estudiantes basados en lo que las investigaciones muestran que funciona mejor, contrariamente a lo que han aprendido en sus programas universitarios” (16). Esta frase resume con bastante exactitud por qué los educadores debemos apostar por la neuroeducación: no se trata de invertir en cualquier especialización; se trata de apostar a caballo ganador.

 

 

Referencias

(1) Thomas, M. S. C., Ansari, D., & Knowland, V. C. P. (2019). Annual Research Review: Educational neuroscience: progress and prospects. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 60(4), 477-492. doi:10.1111/jcpp.12973

(2) Van Atteveldta, N., van Kesterena, M. T. R., Braamsa, B., & Krabbendam, L. (2018). Neuroimaging of learning and development: improving ecological validity. Frontline Learning Research, 6(3), 186-203. doi:10.14786/flr.v6i3.366

(3) Holper, L., Goldin, A. P., & Shalóm, D. E. (2013). The teaching and the learning brain: A cortical hemodynamic marker of teacher–student interactions in the Socratic dialog. International Journal of Educational Research, 59, 1-10. doi:10.1016/j.ijer.2013.02.002

(4) Dioli, C., Patrício, P., Sousa, N., Kokras, N., Dalla, C., Guerreiro, S., … Santos-Silva, M. A. (2019). Chronic stress triggers divergent dendritic alterations in immature neurons of the adult hippocampus, depending on their ultimate terminal fields. Translational Psychiatry, 9(1), 143. doi:10.1038/s41398-019-0477-7

(5) Sänger, J., Bechtold, L., Schoofs, D., Blaszkewicz, M., Wascher, E. (2014). The influence of acute stress on attention mechanisms and its electrophysiological correlates. Frontiers in Behavioral Neuroscience, 8, 353. doi:10.3389/fnbeh.2014.00353

(6) Voss, M. W., Nagamatsu, L. S., Liu-Ambrose, T., & Kramer, A. F. (2011). Exercise, Brain, and Cognition Across the Lifespan. Journal of Applied Physiology, 111(5), 1505-13. doi:10.1152/japplphysiol.00210.2011

(7) Abshiro, M. (2015). Sleep Deprivation and Brain Function: How does sleep deprivation effects college students’ ability to retain information and créate memories? International Journal of Healthcare Sciences, 3(1), 323-327.

(8) Gómez-Pinilla, F. (2010). Brain foods: the effects of nutrients on brain function. Nature Reviews Neuroscience, 9(7), 568-578. doi:10.1038/nrn2421

(9) Battro, A. M., Calero, C. I., Goldin, A. P., Holper, L., Pezzatti, L., Shaóom, D. E., … Sigman, M. (2017). The Cognitive Neuroscience of the Teacher–Student Interaction. Mind, Brain, and Education, 7(3), 177-181. Recuperado de https://www.researchgate.net/publication/262336427

(10) Mogus, A. M., Djurdjevic, I., & Suvak, N. (2012). The impact of student activity in a virtual learning environment on their final mark. Active Learning in Higher Education, 13(3), 177-189. doi:10.1177/1469787412452985

(11) Espie, C. A., Luik, A. I., Cape, J., Drake, C. L., Siriwardena, A. N., Ong, J. C., … & Kyle, S. D. (2016). Digital Cognitive Behavioural Therapy for Insomnia versus sleep higiene education: The impact of improved sleep on functional health, quality of life and psychological well-being. Study protocol for a randomised controlled trial. Trials, 17(1), 257. doi:10.1186/s13063-016-1364-7.

(12) Johansen-Berg, H., & Duzel, E. (2016). Neuroplasticity: Effects of physical and cognitive activity on brain structure and function. NeuroImage, 131, 1-3. doi:10.1016/j.neuroimage.2016.03.081.

(13) Mareschal, D. (2016). The neuroscience of conceptual learning in science and mathematics. Current Opinion in Behavioral Sciences, 10, 114-118. doi:10.1016/j.cobeha.2016.06.001

(14) Howard-Jones, P.A., & Jay, T. (2016). Reward, learning and games. Current Opinion in Behavioral Sciences, 10, 65-72. T. (2016). Recuperado de https://doi.org/10.1016/j.cobeha.2016.04.015

(15) Kyle, F., Kujala, J., Richardson, U., Lyytinen, H., & Goswami, U. (2013). Assessing the effectiveness of two theoretically motivated computer-assisted reading interventions in the United Kingdom: GG Rime and GG Phoneme. Reading Research Quarterly, 48(1), 61-76. doi:10.1002/rrq.038

(16) Hook, C. J., & Farah, M. J. (2013). Neuroscience for Educators: What Are They Seeking, and What Are They Finding? Neuroethics, 6(2), 331-341. doi:10.1007/s12152-012-9159-3

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