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La neurociencia también inspira a la inteligencia artificial (IA)

Imaginemos un mundo en donde convivan humanos y no humanos, es decir, robots con inteligencia artificial (IA). Imaginemos una sociedad donde coexistan máquinas que aprendan, que puedan resolver problemas —incluso, éticos—, que sean capaces de comprender las emociones y relacionarse fluidamente con los humanos. ¿Qué facultad nos diferenciaría de los robots con IA? ¿Ellos podrían superarnos en inteligencia? ¿Podrían tener tal grado de autonomía como para originar un apocalipsis social?

 

Antes de abordar tales incógnitas, conviene preguntarnos: ¿a qué nos referimos cuando hablamos de IA? Podemos afirmar que se trata de la capacidad ‘inteligente’ de una máquina, robot o computador para procesar grandes bases de datos mediante algoritmos especializados o redes neuronales y llegar a un resultado o resolución. Se denomina ‘inteligente’, porque el diseño se inspira en el cerebro humano: somos una fuente de insumos para el poder de la inteligencia artificial. Por ejemplo, las máquinas requieren de información exterior como nosotros, que la incorporamos a través de nuestros sentidos. Almacenan esos datos y los utilizan para identificar objetos, animales, personas; reconocer nuestra voz (como Google); elegir nuestras preferencias musicales o cinematográficas (Spotify o Netflix); e, incluso, realizar predicciones y diagnósticos médicos (IBM Watson).

(…)¿qué nos hace diferentes de los robots con IA? Pues que los humanos poseemos el órgano más único y poderoso conocido hasta ahora: el cerebro humano.(…)

En este punto, puede que nos preguntemos: ¿qué nos hace diferentes de los robots con IA? Pues que los humanos poseemos el órgano más único y poderoso conocido hasta ahora: el cerebro humano. Gracias a él, hemos podido crear innumerables herramientas utilizadas para diversas tareas. Son considerables los factores que hacen de este órgano un componente especial: sus billones de neuronas; su neocorteza tan desarrollada [1]; sus funciones complejas, como el lenguaje. Y la inteligencia artificial es, también, su creación.

La IA es una invención humana que busca ayudar a la sociedad. Su capacidad para resolver problemas específicos y complejos nos sorprenden; sin embargo, debemos advertir que aún las tareas sencillas (como servir un café o abrir una puerta) son difíciles para los robots actuales, debido a que incluyen muchos pasos, movimientos finos, equilibrio, cálculo y prevención en tiempo real. Tal aprendizaje requiere que las máquinas inteligentes imiten, ensayen, se equivoquen y mejoren, de la misma forma en que lo hace un niño; además, necesita que los neurocientíficos descubran los enigmas del cerebro: cómo procesamos la información, de qué modo almacenamos nuestros pensamientos y emociones, cómo tomamos decisiones (desde elegir un almuerzo hasta decisiones financieras que involucren a un país entero).

De esta manera, la neurociencia aporta de forma significativa al desarrollo de la inteligencia artificial.

Referencias

[1] Gazzaniga, M. (2008). Human: The Science Behind What Makes us Unique. New York: Harper Collins.

 

Autor: Gabriel Lázaro Cruz        Editor: Sebastián Velásquez Munayco

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